hamacas jardín aki

—Muchacha… muchacha… despierta, venga, despierta — oí la voz de María que me llamaba y con el pie me empujaba para despertarme — venga, que tengo que entrarle el desayuno a la señorita Selma. —Buenos días señorita — le dijo María descorriendo las cortinas. —Buenos días, María. Dale la bandeja del desayuno a mi criada — le dijo en tono afable. María regresó al instante con un par de cuencos. Era María que se iba. Quería aguantar pero el dolor era muy grande y comencé a gritar y a llorar. Tuve una sensación de pena muy grande. Tu vida no cambia, sigues siendo una esclava. — le dijo la señorita Zaida a su esclava cuando iban a entrar a un bar. Instantes después de escuchar la voz de la señorita Hannín escuché el ruido sordo de unos pies descalzos correr hacia el salón en que me hallaba. La vi riñendo a una de las criadas, una joven de mi edad, a la que la señorita Hannín estaba gritando porque no le había hecho la reverencia lo suficientemente pronunciada. —…pero desde que regresó el ama Míriam ya vuelve a ser todo como antes… y desde que llegó la señorita Hannín ni te cuento.

—Ésta es su suite, señorita — le dijo el hombre. —¿Qué he de querer yo…? —Friega el baño, comprar hamaca Sarah… está lleno de agua — me dijo y salió del cuarto pisando el agua esparcida con sus pies descalzos y dejando sus huellas por toda la habitación — ¡ Una vez me hizo fregar el suelo de su habitación cinco veces y al final estaba tan agotada que casi hubiese preferido que me dejara sin comer o que me pisara. La señorita Caren de vez en cuando levantaba una pierna y me acercaba uno de los pies a la cara. La señorita Caren enrojeció sus blancas mejillas. — exclamó la señorita Caren totalmente entusiasmada — ¿ La señorita abrió los ojos y me miró. Cerré los ojos y seguí con mis labios apoyados en los suyos. Después de acompañarla bajo la mesa en su desayuno se despidió de mí. Solo te faltará una buena vajilla para completar la mesa. Me dedicó una mirada tierna pero cargada de compasión.

Cuando estábamos a solas yo buscaba cruzar furtivamente mi mirada con la suya. Cuando lo hube guardado todo miré al chófer interrogándole con la mirada sobre dónde debía de ir yo. Otras noches me mandó a dormir fuera, sobre el felpudo de la puerta, como si fuese su perro guardián. Para poder cambiar la lona de tumbona y dejar ésta como nueva. En aquella época no sabía que yo no tenía documentos y que en Londres no había esclavas como las había aquí. Mira a tu hermana, ahora tiene una hija y no tiene que hacer nada, tumbona plegable sus esclavas lo hacen absolutamente todo y ella se dedica a vivir la vida. Mi ama se despidió de su madre y de su hermana, el ama Míriam, que ya había tenido otra hija que trajo con ella para despedirse del ama Selma. Era muy insultante pero no me importaba porque yo también quería estar con mi ama Selma. Aquello era muy humillante, veía a las camareras pasar por mi lado y las oía hacer comentarios compasivos sobre mí. La señorita Selma me apoyó los pies sobre la espalda y no volvió a preguntarme nada más.

Fue horrible. El amo Mehmed me violaba cada noche, y en presencia del ama Selma. Demasiado tarde. Como emergiendo de una nube la señorita Selma abrió un ojo, levantó ligeramente la cabeza y volteó la cara para mirar de dónde procedía aquel angustioso alarido. —¿Quiere que haga instalar una cama plegable, señorita? Una cama, aquel hombre pensaba que yo podría dormir en una cama, aunque fuese una pequeña cama plegable. Mi ama aún tardaría una semana en empezar las clases en esa elitista universidad. Con la otra mano agarró a Ravel por el pelo y le aplicó el hierro candente en una de las orejas. Un atizador de hierro estaba metido entre los rescoldos. Siguiente en su lista debe ser el material de la hamaca de confort. La correa elástica es ajustable y se puede retirar de la linterna para ser lavada. Esa noche mi ama me habló de nuestro futuro como si yo no supiera nada. Aquella noche estaba agotada de tanto que había tenido que caminar tras el caballo que montaba mi ama.

La señorita Zaida le enseñó la enorme finca a caballo. —Ve a despertar a la señorita Selma, estúpida, y quiero oír sus gemidos de placer — me dijo y apoyando la planta de su pie en mi cara y empujándome con fuerza me lanzó al suelo. El dolor me asustó y se me cayó el cenicero al suelo. La pobre Ravel reptó por el suelo hasta llegar a los pies de su joven ama. Mi ama extendió una enorme lámina en el suelo y las dos nos sentamos en cuclillas. —Al final del corredor están las camareras de las suites. Con el látigo de montar señaló unas islas a la derecha del mapa. También estaban las amas en el porche y yo en esta ocasión tenía que aguantar las sandalias de mi ama para ponérselas cuando quisiera levantarse del sillón. Madre e hija estaban tomando el té en el porche y yo las abanicaba.

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